Generando una ciudad

Otra plancha más...y otra más.

Argh, cómo me duele la espalda en estos bancos de chapa.


Al fin, ya termino mi turno en la fábrica, apenas atravieso el umbral de la puerta de salida y comienzo a pisar la chapa roída y oxidada el pasillo 247, aún deseando alejarme de este horrible lugar que amarga mi existencia doy tregua a mi espalda y encajo mis brazos en la fría y mugrienta barandilla y observo la zona24: cientos de metros hacia abajo de pasillos, tubos, bloques de chapa y acero... y más pasillos goteantes por los vapores de las fábricas que no descansan. La vista se pierde mirando el fondo de la ciudad. 

A veces la rutina... es útil. La rutina me hace olvidar a qué altura estoy del suelo cada día... o si en esta maldita ciudad existe siquiera un suelo.


Parece que ya estoy mejor de mi espalda de modo que prosigo mi camino hacia mi módulo. Cruje el pasillo y me siguen dos ratas.
En otro tiempo podría causar miedo esto, pero como digo yo, la rutina es útil también para las ratas. La rutina y también los zapatos que facilitó la corporación para los trabajadores tipo A32 del sector norte, gracias a los cuales estos roedores caen fritos si se atreven a tocarte. Parece que funcionan.

Chequeo mi pase y entro en la cabina de transporte. Joder, los jueves siempre se llena, pero ni las sudoraciones de toda la escoria de Besulta, de la cual formo parte, ni la mugre del tiempo encubren el olor a soldadura, a metal fundido y a gasolina que reina estas zonas.
Una vez oí que de la zona74 a la 91, huelen
apenas a plástico quemado y algunos domingos a casi nada, con suerte. Pero esas zonas se encuentran en el este a muchos kilómetros de aquí. Moriré sin verlo.

Una gorda se sienta a mi derecha en la unidad de transporte secundario: es un volumen descomunal que me impide ver las pocas vistas que tengo de Besulta... o al menos de la zona 27. Pero no necesito verlo de nuevo para recordarlo: lo veo todos los días con aprecio, pues es la única visión amplia de la ciudad (al menos a la que tengo acceso). Tal y como la unidad de transporte avanza y miras por esa ventana de marco oxidado, aparece en primer lugar los edificios gemelos Telkans, dos edificios que en su día revestían un ladrillo oscuro y ordenado, según decía mi padre, pero hoy aparentan negrura en una regular trama arrugada, más a la derecha se empiezan a ver unas pocas decenas de tuberías de unidades de transporte como éstas, que te conducen la vista hacia lo que se conoce como El Limbo.


No sabría cómo definir el Limbo. Si robara dos toneladas de tuercas, tornillos, batientes, láminas y llantas de diferentes tamaños de la puta fábrica donde consumen mi energía y me acercara a ellos con un imán enorme, la compleja masa resultante de este fenómeno podría asemejarse al aspecto y formas del barrio del Limbo. 
Parece imposible que alguien diseñara eso, más posible parece que al cabo de muchos años, cada vez que la gente conseguía algunos miles de créditos, colocaban ahí su módulo, enchufaban su magnético y a vivir.

Millones de personas han de vivir ahí, de modo que muchos hombres de negocios han invertido, manipulado, sobornado y asesinado para poner ahí su negocio.
Muchas investigaciones de contrabando, asesinato o trata de blancas acaba ahí, pero los jueces, a petición de los valientes cuerpos de seguridad, prefieren archivar todos esos casos. Me reconforta no vivir ahí.

"PIP, PIIP" ésta es mi parada.
Salgo de la nave maloliente, a la vez que dos enfermeros zonales se llevan a la gorda a duras penas. La hilera derecha de remaches que sostenía la plancha de su asiento no aguantó el peso de la buena señora rajándole como consecuencia parte del muslo. Qué asco de sangre, pero es uno de los pocos olores naturales que puedes percibir aquí.


Llego a mi módulo por el pasillo349, por fin arreglado desde mes pasado. Es de estructura tubular metálica, por supuesto; pero con planchas de vidrio. Sí, vidrio... el nuevo gobierno dice que está intentando atenuar la imagen dura y metálica a la ciudad: misión imposible, pero al menos ésta tímida iniciativa me deja ver a través del pasillo, mirando abajo y entre mis pies, varios metros más abajo una de las pocas calles que quedan en pié: Samsung Street.



Han pasado dos horas desde que salí del trabajo: ya son las 20:00 h. Acaba de marcharse el sol y ver la calle desde aquí es un festival de fondo azul con luces amarillas que se reflejan en el suelo siempre mojado de agua y de aceite de máquinas. La calle está atestada: los viandantes torpemente toman sus caminos de entre los que se detienen a ver las performances callejeras, y de entre los que roban a éstos, otros te venden su mierda de comida, y otros casi te obligan a meterte en sus bares de alterne. Y los golpes entre la gente casi suenan como chasquidos sin disculpa posterior. Sólo son las 20:24. Otros neones verdes o rojos anuncian servicios, tiendas, espectáculos o prostíbulos. Hay puestos multimedia en cada farola, aunque pocos funcionan, y está iluminada la calle para, con suerte, no pisar a las ratas que pululan sin complejo: Samsung hizo un buen trabajo con esa calle. 

Hace tiempo que no veo niños ni jardines: lujos del este, como suelo decir.

En fin, más tarde bajaré a ver a mi chica, ahora me dirijo a mi módulo no sin antes recibir inesperadamente un par de gotas de lo que espero que sea agua. Elevo la mirada para adivinar el origen. Cientos de pasillos conectan estas dos zonas fronterizas y lo hacen como si fuera una torpe costura a lo largo de una brecha profunda cosida por un enfermero inexperto: todo está conectado, pero anárquica y repetitivamente. Sigo contemplando ese paisaje y veo como dentro del tubo de comunicación pasa una unidad de transporte, hm... creo que ésa es la línea B56: la que conduce al sur. También veo como alguien está cortando una llanta de hierro o similar, lo sé por las chispas incandescentes que caen como una cascada de fuego por entre los pasillos.
Caen un par de gotas más detrás de mí al suelo del pasillo cuando estoy a punto de saludar a mi vecino: el Sr. Woh, que vende pescado en su módulo que a veces compro: Iri-shabá se llama el pez. Hace varios lustros que no veo ni ríos ni lagos ni mares en Besulta, y menos en la zona42, así que no sé cómo cojones consigue criar el pescado este cabrón. Prefiero no saberlo.


Retrocedo un par de pasos para contemplar un resquicio de cielo, para finalmente chequear en la entrada del módulo. Sigue oliendo a sucio y metálico, pero menos: estoy en mi módulo.